Divulgación y pseudociencias

Hace unos días el físico e investigador Carlos Sabín publicaba un artículo en Investigación y ciencia en el que comentaba los resultados de un estudio llevado a cabo por investigadores de Italia y Reino Unido sobre el alcance de las pseudociencias y su relación con los usuarios que intentan desenmascararlas. Incluyo el enlace al artículo de Carlos y también a la presentación de los resultados del estudio:

http://www.investigacionyciencia.es/blogs/fisica-y-quimica/85/posts/sirve-de-algo-la-divulgacin-cientfica-14110

http://arxiv.org/pdf/1510.04267v1.pdf

Obviamente recomiendo leer ambos artículos, pero en líneas generales parece ser que los esfuerzos de los debunkers (personas de mentalidad científicamente orientada que tratan de denunciar y desmentir las pseudociencias) son inútiles e incluso en numerosos casos no consiguen sino reforzar las actitudes pseudocientíficas. Estos resultados son alarmantes, y en este sentido comparto la preocupación de Carlos, quien se pregunta, al final de su artículo, para qué sirve la divulgación científica.

No es, desde luego, una pregunta fácil de responder. En términos amplios y generales todos sabemos para qué sirve un artículo de divulgación. Todos sabemos lo que buscamos cuando leemos uno. Sin embargo, lo que aquí estamos preguntando es qué efecto tiene la divulgación científica sobre la sociedad. Y responder a esto requeriría un análisis muy complejo. Pese a ello, creo que es significativo que Carlos comience su artículo hablando de Marco Aurelio y de su interés por la educación de su hijo cómodo. ¿Acaso no es un problema, como tantos otros, enraizado en el sistema educativo?

Las explicaciones científicas sobre cualquier hecho de la naturaleza se alcanzan tras procesos de investigación y aprendizaje que, frecuentemente, podría decirse que tardan siglos en producirse. El avance de la ciencia es veloz si pensamos en términos grandes en la historia de las civilizaciones, pero tremendamente lentos si pensamos en las personas involucradas en ellos. Lo mismo sucede con quienes intentan aprender sobre ciencias. Un pequeño paso para la humanidad, pero un paso gigantesco para un ser humano.

Las pseudociencias son como las religiones: ofrecen respuestas sencillas, rápidas y muchas veces incuestionables que dan al individuo una falsa sensación de seguridad ante la incertidumbre. La ciencia, por su parte, acepta que enfrentarse a la incertidumbre es la única forma de superarla (si es que de hecho existe alguna forma). Entender en términos científicos por qué llueve, cómo funciona una vacuna o cómo evolucionan las especies supone un proceso largo y, a menudo, difícil.

Con esto podemos explicar, en parte, por qué hay tantas personas bajo la influencia de estas ideas falaces, si bien, como hemos dicho antes, haría falta un análisis mucho más detallado para responder con rigor. Sin embargo podemos dar la vuelta a la pregunta de Carlos: ¿por qué hay tantas personas, como yo mismo y muchas otras, que aceptan el reto del conocimiento? No creo que seamos pocos los que abrazamos ese proceso largo y difícil. Carlos Sabín es físico, pero muchas personas son sensibles a la divulgación científica sin tener formación superior en ciencias.

Si trato de imaginar a qué se debe, lo primero que me viene a la cabeza es la educación. Supongo que potenciar el pensamiento crítico y la actitud inquisitiva es un trabajo del que quienes nos dedicamos a la enseñanza debemos responsabilizarnos. No parece que nadie más vaya a hacerlo, y creo que es mucho lo que hay en juego.

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